|



Había una vez, hace muchos años, una familia
de leñadores que vivía en medio del bosque.
Durante años habían tenido muy mala suerte y
no conseguían vender la leña suficiente para
comprar lo que necesitaban para vivir y
muchos días, ni siquiera tenían comida
suficiente para mantener a los niños.
Toda la leña que cortaba el padre y el
hermano mayor la llevaban al pueblo, pero
tan solo sacaban unas pocas monedas que
apenas llegaban para sobrevivir.
El
invierno estaba resultando muy duro para la
familia y un día la madre, no sabiendo que
otra cosa darles de comer a sus hijos, se
acercó al bosque y recogió un buen montón de
piñas. En casa, sacaron los piñones y los
niños los comieron con un poco de pan y eso
pareció sentarles tan bien y alimentarles
tanto, que la buena mujer, a falta de otra
cosa, iba todos los días al bosque y se
traía una buena canasta llena de piñas.

Pero un
día, mientras estaba dedicada a llenar la
cesta, una voz fuerte como un trueno retumbó
entre los árboles.
-Mujer,
¿por qué robas mis piñas? ¿Acaso no sabes
que todo lo que hay en este bosque me
pertenece?
La
mujer, muerta de miedo, no sabía de dónde
venía la voz, hasta que una pequeña figura
salió de detrás de un árbol, con una piña en
la mano. Y volvió a hablar:
-Vamos, dime por qué vienes todos los días a
robar mis piñas.
Entonces la pobre mujer se echó a llorar y
le contó al enano que se llevaba las piñas
para darles de comer a sus hijos los buenos
piñones que contenían y luego, ya vacías,
las quemaban en el hogar y así no tenían que
gastar la leña. Todo se lo contó la buena
mujer entre sollozos y pidiéndole perdón una
y mil veces.

El
enano la escuchó con mucha atención, y
cuando ella acabó de hablar, se sentó en un
tronco acariciándose la barba durante un
buen rato, mientras la mujer temblaba de
miedo por el castigo que temía recibir.
Al
fin, el enano le dijo:
-Mujer; llévate hoy las piñas, y mañana
regresa a llenar tu cesta, pero no cojas ninguna de
las que están en el suelo sino de las que
aún están en los árboles. Y después de
mañana, no vuelvas más.
La
mujer le dio las gracias y corrió al lado de
sus hijos; al día siguiente, tal y como le
había prometido al enano, sólo cogió piñas
de los árboles. Eso fue un duro trabajo,
porque le costaba mucho arrancar cada una,
pero pensando en que ya no podría volver, cogió todas las que pudo y fueron
muchas. Ya era muy tarde cuando llegó a su
casa: los niños tenían hambre y el fuego
estaba casi apagado. Entonces abrió la
canasta para sacar las piñas y un grito de
asombro salió de su garganta. Todas, todas
las piñas, eran ahora de brillante plata y
todas las pequeñas agujas de pino, pequeñas
barritas de oro.

Y ya
nunca, nunca, más la familia pasó hambre ni
frío, ni tuvieron que volver a recoger
piñas.
Y tampoco olvidan dar las gracias al
enano, cada vez que pasan cerca del bosque.
Diseño, texto y gráficos de Trenzas. Noviembre,
2008
La
música que escuchas: "Heaven"
|